viernes, 16 de marzo de 2018

FANTASMAS

Esos recuerdos que se agazapan en el alma y se esconden no se sabe donde, pareciera que tienen subterfugios mágicos para hacernos creer que se han difuminado y que ya no existen; pero de repente, aparecen en forma de una sutil estela de humo que llama nuestra atención, convirtiéndose al primer soplo de nuestro aliento en una llamarada.



sábado, 10 de marzo de 2018

LA FOTO

-¡Qué extraño!. No recordaba haber hecho esa foto-. Balbuceaba mientras llenaba su copa con ese whisky caro con el que se emborrachaba cada noche desde que su marido la dejó. Como de costumbre se sentaba en el elegante sillón del centro y allí permanecía largas horas en estado contemplativo. La sobria estancia estaba plagada de fotos que daban cuenta de veinte años de feliz vida matrimonial, y por supuesto que la foto de su enlace nupcial presidía el cortejo de todas las demás, colocada en el centro de la pared del fondo, con su exquisito marco de plata y de gran tamaño mostraba una pareja primorosamente vestida, ella con su precioso ramo de rosas rojas y él con su bastón negro con empuñadura de oro. La verdad que había tomado una muy buena decisión al escoger esa tela de organza de seda natural color crudo para su vestido de novia, pensaba para sí al tiempo que murmuraba, —es una tela con muy poco cuerpo, translúcida y con vuelo a la vez que liviana y sostenida, que le aporta un toque elegante a las prendas—. Pero siempre detenía su atención en la foto que era la causante de ese estado contemplativo en el que se sumergía, la que no recordaba haber hecho o quién la había hecho. La foto en la que él aparecía en solitario con su sombrero de piel en la mano, en la que se le veía feliz, y en la que tenía la misma sonrisa que el día que lo descubrió con su amante.

domingo, 25 de febrero de 2018

LAS MUJERES CANARIAS EN LOS SIGLOS XVIII Y XIX DESDE LA PERSPECTIVA DE LOS VIAJEROS


En esta oportunidad voy a hacer referencia al testimonio que dejaron a través de sus viajes y anotaciones numerosos viajeros que vinieron a las Islas Canarias durante los siglos XVIII y XIX, y que constituye una fuente de información muy importante que dibuja con numerosos detalles la forma de vida de los habitantes de nuestras islas para la época.
Existen numerosos estudios documentados que dan cuenta de ello y como siempre les invito a investigar para ampliar sobre este tema si así lo desean. En lo que a mí respecta quiero compartir con ustedes algunas peculiaridades y características de la mujer isleña de la época desde la óptica plasmada en los relatos escritos por estos viajeros, tomando en cuenta algunas lecturas que he hecho, principalmente de la Revista Argentina de Sociología Año 3, N0.5.
En primer lugar estos viajeros eran hombres y mujeres europeos que arribaron a las islas por infinidad de motivos, por razones laborales, de estudio, salud o vacaciones, en compañía o en solitario. Gracias a la amplitud de miras de estos viajeros y, a la vez, a la sorpresa o el impacto que produjeron en sus retinas determinados comportamientos, éstos lograron rescatar la silenciada vida cotidiana en que las mujeres canarias eran protagonistas por excelencia. En su transitar por los caminos y calles de Canarias, los viajeros describieron usos y costumbres de las mujeres, motivados por las proezas que ellas realizaban a diario en su particular rutina.
Las isleñas, mujeres “multiocupadas”
A partir de los relatos de estos viajeros a los que hago referencia, se revela que el entramado socioeconómico de la mayor parte de la población de las islas era mísero, motivo por el cual cobraba relevancia el papel de las mujeres en tanto era esencial su contribución a la economía familiar. Las mujeres trabajaban a pie de huerta al igual que lo hacía cualquier hombre: cultivaba papas,  procedía a su recogida, cortaba y cargaba uvas hasta el lagar, cuidaba, podaba y procesaba el tabaco, recolectaba y empaquetaba plátanos, recogía crustáceos y protegía a las tuneras de las inclemencias del tiempo, entre otras actividades de subsistencia. Es decir, pese a ser considerada el sexo “débil”, en el ámbito rural la mujer desempeñaba todo tipo de trabajos, independientemente de su rudeza o dificultad. Para algunos de estos viajeros, el trabajo realizado por las mujeres isleñas llegaba a ser, en ocasiones, mas férreo que el de los hombres.
Podemos considerar a las mujeres como pluriempleadas agrícolas. Por ejemplo, además de trabajar en los cultivos, las mujeres rurales eran las encargadas, la mayoría de las veces, de la comercialización de los productos agrícolas, animales o marinos e incluso de las mercancías elaboradas por ellas mismas. En efecto, las mujeres eran las que se dedicaban a vender de manera ambulante diversos artículos por pueblos y ciudades. Por ello resultaba habitual que los viajeros, durante sus  excursiones, tropezaran cada día con campesinas, lecheras, panaderas, pescaderas, carboneras o gangocheras en las veredas, dispuestas a ofrecer sus productos a cuanta persona encontraran a su paso.  Cabe destacar que la capacidad de negociación  también era una labor desempeñada por las mujeres que en muchos casos si no vendían sus productos los intercambiaban por otros. Además de sus múltiples labores fuera, en el hogar también desempeñaban las tareas necesarias para el mantenimiento de una casa.
Cargaban grandes pesos y hacían todos sus desplazamientos a pie
El modo de desplazamiento que tenían estas mujeres para realizar su actividad laboral se reducía a los pies; éstas debían acarrear los productos destinados a la venta sobre sí mismas. A la mayoría de los viajeros les asombraba la capacidad con la que las mujeres canarias transportaban grandes pesos en las cabezas utilizando como único recurso, para evitar el contacto directo con el cesto o la lechera, una simple almohadilla elaborada con retales de tela o con ramas de plantas. Asimismo, les llamaba la atención el hecho de que no se ayudaran de las manos para transportar tal carga. En ocasiones, cuando las mujeres se disponían a vender iban acompañadas de sus esposos y lo que resultaba muy sorprendente era que la mujer siempre hacía el camino a pie mientras que el hombre lo hacía montado sobre el lomo de un animal. Más aún, muchas veces el peso de los productos que transportaban las mujeres se veía además incrementado con la carga adicional de los hijos pequeños ya que la necesidad de subsistencia les impedía  quedarse en la casa al cuidado de los hijos, por lo tanto se veían obligadas a llevarlos consigo en todo momento, incluso cuando tenían que caminar largas distancias. Cuando los niños no podían desplazarse por sí mismos porque todavía no caminaban por ser muy pequeños, las mujeres los enganchaban a las caderas y, bajo estas condiciones, desarrollaban su actividad laboral.
Siempre iban descalzas por caminos escabrosos y llenos de matorrales
Hay que añadir que las mujeres siempre iban descalzas, independientemente de cual fuera el estado del camino, que por lo general solía ser bastante pedregoso. Las grandes carencias económicas impedían a la población contar con zapatos, motivo por el cual, cuando poseían un par, lo cuidaban celosamente. Algunos viajeros señalan que los isleños estaban tan acostumbrados a caminar descalzos que, cuando se ponían los zapatos, les molestaban al andar, razón por la cual preferían seguir con sus pies desnudos.
Otros trabajos fuera del hogar
Prosiguiendo con las ocupaciones de las mujeres, además de las labores agrícolas y de la venta ambulante, éstas se dedicaban también al servicio doméstico. La mayoría de las veces las mujeres se empleaban como sirvientas de las clases más pudientes o de aquellos personajes del pueblo que se erigían en figuras importantes, como sacerdotes, alcaldes o en residencias de extranjeros que fijaban sus domicilios en Canarias o de viajeros temporales. En ocasiones, estas sirvientas eran las encargadas de realizar todos los quehaceres del hogar de sus patrones, por lo que sus jornadas de trabajo eran interminables;  a cambio obtenían un salario mísero, a veces compensado con estancia y alimentación. Otras mujeres, sin embargo, sólo eran contratadas para realizar alguna actividad específica: lavar la ropa, planchar, transportar agua, etc., motivo por el cual el salario recibido era mucho menor.
No sabían leer ni escribir y no tenían preparación alguna
Independientemente de las tareas realizadas por unas y otras, todas procedían de las capas populares isleñas, no sabían leer ni escribir y desconocía las costumbres y el modus vivendi de los extranjeros, por lo tanto se les contrataba para adjudicárseles los trabajos mas duros.
El lavado de la ropa
Otro quehacer doméstico que correspondía exclusivamente a las mujeres y presentaba grandes dificultades era el lavado de la ropa, una tarea que se veían obligadas a realizar en aquellos lugares en los que corría el agua: barrancos, arroyos, etc. porque, como no existía el agua corriente en los domicilios, las mujeres tenían que buscar los sitios idóneos para tal fin, sitios muchas veces alejados del hogar. En ellos solía concentrarse un gran número de mujeres, convirtiéndose en puntos de encuentro para las vecinas del pueblo; era quizá el único momento del día que éstas tenían para conversar, siempre al tiempo que realizaban la actividad.
Eran artesanas
Realizaban todo tipo de trabajos artesanales en sus propios hogares, como la fabricación de cerámica, la costura y la hilandería. Gracias al desarrollo del turismo, algunos sectores pudientes ayudaron al desarrollo de esta actividad y pronto proliferaron talleres de calados y bordados. Dichos talleres se convirtieron en un destino laboral para muchas mujeres de clase humilde que, sin muchas opciones, soportaron las agotadoras jornadas de trabajo a cambio de un salario de subsistencia.
Indumentaria
En el caso de las mujeres rurales, las faldas de colores, los pañuelos, los delantales y los sombreros delataban su condición de pueblerinas. La vestimenta de las campesinas canarias era similar entre las diferentes islas, con algunas excepciones, como la distinta colocación del pañuelo en hombros, cabeza o cuello o la forma del sombrero. La lana usada para confeccionar los mantos de las mujeres rurales develaba su pertenencia al campesinado.
Aspecto físico
Entre los escritos analizados figuran muchas referencias a la belleza y hermosura de las jóvenes isleñas, mujeres de atractivos rasgos. La mayoría de los cronistas hace referencia a los ojos, el cabello o la tonalidad de la piel. En la mujer rural la piel de su cara estaba mas que endurecida a consecuencia del arduo trabajo que se veían forzadas a realizar cada día bajo las inclemencias del tiempo, ya que estaban expuestas al sol, al viento y a la lluvia.
Moralidad y los postigos
A viajeros y viajeras, les alarmaba las restricciones a las que estaban sometidas las mujeres canarias, había un férreo control moral que se extendía a todos los ámbitos de su vida, bastante riguroso también a las clases acomodadas, en este contexto, los momentos de diversión y esparcimiento para el colectivo femenino eran nulos o escasos, no podían salir bajo ningún concepto solas, el matrimonio era el único camino de honor para sus vidas, según los viajeros, las mujeres vivían recogidas en sus casas y el único contacto con el exterior era a través de la ventana, pues se asomaban a través de los postigos para relacionarse con otras personas. Olivia Stone anotó la peculiaridad de los postigos de las casas de los pueblos y escribió que paseando por Garachico era observada a través de éstos, a pesar de que la calle estaba vacía y en silencio.
Viajeros y viajeras europeos
Las crónicas son una importante fuente histórica para el conocimiento del pasado insular. Por tanto, este legado de viajeros y viajeras europeos se convierte en uno de los recursos mas importantes para rescatar la historia pasada de la población canaria en general y de la femenina en particular, fueron ellos quienes mejor documentaron esta forma de vida, legándonos un material histórico de incalculable valor. Menciono algunos de los cronistas de los que procede la información contenida en este artículo: Elizabeth Murray, Ann Brassey, Marianne North, Jessie Piazzi Smith, Olivia Stone, entre otros.
Termino este artículo con un sentir que me lleva a dar mas de mí y a apreciar el legado que nos deja todo tiempo pasado.

-¿Abuela a que sabe el mar?. Sabe a nostalgia con un poco de sal-. (Desconozco su autor).

María de la Luz
(25-02-2018)

lunes, 19 de febrero de 2018

PORDIOSERO


Todos me miraron mientras un profundo silencio intentó delatarme. Emití una sonora carcajada y comencé a explicarles con lujo de detalles como había logrado un traje tan auténtico. Creo que debí convencerlos porque sin terminar mi alegato ya me habían invitado a unirme a su grupo. Este era el quinto año consecutivo que lograba hacerlo. Como todos los años me infiltré en un grupo que esta vez era muy numeroso, había descubierto un mecanismo mas de sobrevivencia, y este consistía en unirme a una juerga que ajena a mi verdadera condición de indigente celebraba por todo lo alto la autenticidad y originalidad de mi disfraz a cambio de comida y bebida gratis. Por eso odiaba con todas mis fuerzas el carnaval, porque lejos de reportarme alegría y liberación de emociones, me afianzaba en el amargo y penoso vestido que me había impuesto mi desgraciada vida. Pero en esta oportunidad un detalle aparentemente inofensivo me sobrecogió, en aquel grupo detrás de un antifaz, una mirada profunda y negra erizó mi curtida piel, sin embargo la marea humana exultante de purpurina y maquillaje me arrastró y me dejé llevar, y pronto yo también cantaba y bailaba como todos, olvidando momentáneamente aquella espeluznante mirada. Entrada la noche que ya se preparaba para dar paso a la madrugada me volví a topar con el antifaz de la mirada profunda y negra, me había seguido y había descubierto mi escondite de miserable pordiosero. Se fue acercando lentamente y a medida que lo hacía descubrí entre sus puntiagudas uñas que mas bien parecían garras una afilada navaja que brillaba en la oscuridad de la noche, mi curtida piel volvió a erizarse y mis ojos esquivaron la espeluznante mirada que se escapaba por los agujeros del antifaz, y activando otro mecanismo mas de sobrevivencia le hablé y le conté entre sollozos lo que tenía que hacer para no morir de hambre, cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí, cerré los ojos y tras un momento de silencio los volví a abrir, para mi sorpresa, él o ella se alejaba dejando tras de sí los plateados destellos de sus enormes plataformas. Con el eco de la zamba que retumbaba en el silencio de la noche, y  sin dejar de temblar asumí que yo no era el único que afianzaba su verdadera identidad en el carnaval.
María de la Luz (19 de Febrero 2018)

martes, 30 de enero de 2018

SANTILLANA DEL MAR


Me bajé apresurada del autobús, era imprescindible hacer aguas, una vez aliviada, me dispuse a conocer esa bella localidad de Cantabria.
Hermosos balcones adornados con flores, calles empedradas, ventanas y puertas de madera por doquier, edificaciones antiguas de siglos pasados, algunas casi originales y otras con el esmerado repaso de un proceso de conservación a sus espaldas daban cuenta de un sitio con mucha historia que conocer. Ensimismada en mi propia observación, muda e ignorante del pasado de aquel lugar, cada rincón de esa bonita región me hacía suponer que guardaba acontecimientos de un pasado no fácil ni alegre en contraste con el comercial y turístico presente que la ocupaba hoy.
Llamó poderosamente mi atención que numerosos turistas entre nacionales y extranjeros, gran cantidad de restaurantes y cafeterías e incluso prestigiosos hoteles y posadas y numerosas tiendas de souvenirs y artículos tradicionales hacen vida en mazmorras, cuarteles, cárceles y monasterios de hace varios siglos atrás, cuyas paredes susurran acontecimientos de otros tiempos que se quedaron pegados a ellas y que el bullicio de la vida de hoy ahoga con risas, expresiones  de admiración y el sonido de los pasos de los miles de turistas que andan sus calles en son de jolgorio y alegría.
Santillana del Mar, a unos 30 kilómetros de Santander, es un museo vivo de una villa medieval desarrollada entorno a la colegiata de Santa Juliana, aunque la mayoría de sus caseríos corresponden a las diversas aportaciones arquitectónicas de los siglos XIV al XVIII, se encuentra en la costa occidental de la comunidad autónoma de Cantabria (España), de la que es su extremo este. El conjunto histórico-artístico de Santillana no se puede visitar más que de pie.
La villa fue declarada conjunto histórico-artístico en 1889. En sus inmediaciones se encuentra la cueva de Altamira, protegida como Patrimonio de la Humanidad. Es uno de los pueblos más turísticos y más visitados de Cantabria, siendo una parada imprescindible para los turistas que visitan la región. Esto ha hecho que gran parte de los habitantes del municipio vivan de la actividad turística, especialmente de la hostelería, los alojamientos rurales y las tiendas de productos típicos.
Desde julio 2013, Santillana del Mar forma parte de la red “Los pueblos mas bonitos del España”.
Caminé yo por sus calles empedradas, callejuelas y callejones, admiré sus antiguas casas, casonas y parajes, tomé muchas fotos e hice mi propia travesía según me guiaban los sentidos.
Entré a una de tantas tiendas esparcidas por el lugar y para mi sorpresa me topé con un pedacito de mi tierra de origen dignamente representada por una elegante y espigada chica que con un autóctono acento natal intercambió conmigo unas amistosas palabras fraternales. Ya por último sentada sobre unas antiguas escalinatas esperando a que mi compañero de vida me tomara una foto para el recuerdo me dio por reflexionar. El avance de los tiempos nos permite ir al pasado. Venimos de allí de las vicisitudes, de los sufrimientos, de los logros y de las alegrías de nuestros antepasados. Me decanto por pensar que cada uno de nosotros lleva un sello, y que es imprescindible descubrirlo e indagar en él. En mi caso ese sello moldea mi existencia y bifurca para mí caminos inesperados. La escalinata en la que me senté sigue allí como testigo fiel del encuentro entre el pasado y el presente, y nosotros los de antes y los de ahora continuamos el viaje.

Les invito a visitar si así tienen la oportunidad a Santillana del Mar.